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¿El réquiem de Insulza?
Monday November 17, 2008
Patricio Navia
La Tercera, noviembre 17,2008
Al sumar a las ya difíciles condiciones planteadas nuevos requisitos aún más complejos, Insulza desenrolla una alfombra roja para retirarse con dignidad de la vida política. Una derrota por retiro antes de subirse al ring confirmaría que uno de los ministros más notables de la Concertación nunca tuvo dedos para el piano presidencial ni voluntad para superar las barreras que hay en el camino a La Moneda.
En su carta al PS, Insulza deja abierta la posibilidad de ser candidato, siempre y cuando la izquierda concertacionista muestre unidad total tras un solo abanderado. Al poner la carreta delante de los bueyes, Insulza pide al PS garantizar la unidad que debe emanar del candidato y que las elites faciliten un consenso que solo puede emerger después que los aspirantes presenten y discutan sus ideas transparente y abiertamente ante los electores. Una de las fortalezas de la democracia es que la última palabra la tiene la gente. Los partidos proponen, los votantes disponen. Aunque la derrota es un trago amargo, la democracia requiere de políticos que estén dispuestos a perder. Cuando todos quieren sandías caladas, los electores están de más y la democracia no existe.
Es comprensible que Insulza crea que éste es un camino cuesta arriba. Con dos de sus ex jefes en carrera—Frei en la DC y Lagos en el PPD—Insulza entiende que el proceso de selección será complejo y el fin de esta aventura incierto. Peor aún, con una Concertación debilitada y sin brújula, declarar una candidatura presidencial parece cosa de locos. Pero sólo en momentos de crisis aparecen los verdaderos líderes, aquellos que llaman a no temer nada salvo el miedo, a no preguntarse qué puede hacer la Concertación por ellos sino a explicar qué pueden hacer ellos por la Concertación y por el país. Insulza parece preferir no ser considerado un loco que arriesgar ser un visionario que lideró a su coalición a un improbable quinto triunfo presidencial consecutivo.
Diez años atrás, el entonces senador Gabriel Valdés mostró similar indecisión para lanzarse al ruedo electoral. La ventaja que entonces llevaba Ricardo Lagos en las encuestas disuadió al ahora nonagenario político DC que muchos condescendientemente identifican como el mejor presidente que Chile no llegó a tener. Al no animarse a saltar al ruedo, Valdés dejó para los historiadores una potestad que sólo debería tener el electorado. Si Insulza hoy insiste en establecer condiciones imposibles de satisfacer, su retiro de la carrera presidencial privará de opciones a un electorado que ya parece desconforme con las pocas opciones que tiene. Si, como se espera, Insulza se retira de la carrera porque no existen las condiciones, el legado de una carrera comprometida con la democracia se verá inevitablemente teñido por un final más propio de un ciudadano cuya prioridad es la felicidad personal que el de un político que privilegió los intereses del país.
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El Obama chileno
Sunday November 16, 2008
Patricio Navia
La Tercera, noviembre 15, 2008
La fascinación de algunos políticos chilenos con Barack Obama refleja la preocupante falta de ideas propias en la elite gobernante y subraya su incapacidad para entender las diferencias que separan a Chile del país meritocrático y competitivo que escogió al joven presidente.
La histórica victoria de Obama en Estados Unidos, con el mensaje de renovación que la opinión pública mundial celebró, es una idea demasiado atractiva como para no ser copiada en otros países. En Chile, no faltaron aquellos que rápidamente quisieron asociarse con el concepto. Sin entender que la elección de un presidente negro es un cambio copernicano sólo en un país profundamente marcado por la esclavitud, una dolorosa guerra civil que le puso fin, un siglo de segregación racial y permanentes tensiones entre la mayoría blanca y la empobrecida minoría negra, algunos políticos chilenos se quisieron subir a una micro que no los va a llevar a ninguna parte. La elección de Barack Hussein Obama también constituye un rechazo a un supuesto conflicto de religiones y civilizaciones que parecieron promover algunos sectores durante la administración Bush. Además, ya que nació en 1961, la elección de Obama también constituye un recambio generacional.
En las fallidas versiones nacionales, los aspirantes a Obama reúnen, y sólo parcialmente, uno o dos de las características que explican el éxito del nuevo presidente estadounidense. Nacido en 1966, el diputado UDI Jose Antonio Kast comparte la juventud con Obama. El presidente del PRSD José Antonio Gómez comparte su condición de senador. Pero ninguno de ellos pertenece a grupos sistemáticamente marginados e históricamente empobrecidos. Como si fuera posible hablar de un Evo Morales europeo o un Bachelet hombre, los simpatizantes de los Obama chilenos le hacen más daño que bien a sus candidatos al intentar subirlos a la ola de popularidad donde inevitablemente se terminarán ahogando.
Pero la culpa no es del chanco, sino de quien le da el afrecho. Conscientes de la demanda popular por renovación y nuevos rostros, los políticos chilenos quieren vestir de seda al mismo envejecido chimpancé. En vez de promover reformas que introduzcan más meritocracia a la política y más competencia al sistema electoral, en vez de promover primarias abiertas y vinculantes que emparejen la cancha para que caras nuevas puedan competir con personajes ya instalados, los mismos políticos de siempre—o sus leales discípulos con nuevos rostros pero las mismas ideas—creen que basta con ponerse una camiseta para representar el cambio.
Las actuaciones de Sarah Palin como candidata republicana a la vicepresidencia provocaron algunos de los más memorables momentos de humor televisivo en Estados Unidos. La insistencia de algunos políticos chilenos en asociar sus carreras a la de Obama provocará más incrédulas sonrisas que caudal electoral en Chile, un país en que la igualdad de oportunidades y la renovación de las elites que caracterizan a Estados Unidos está lejos de ser una cotidiana realidad.
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La carta de Lagos
Thursday November 13, 2008
Patricio Navia
La Tercera (edición de regiones), noviembre 13, 2008
En su carta de aceptación condicional de una candidatura presidencial, Ricardo Lagos desnuda dos razones que hacen improbable que su candidatura tenga éxito. A menos que entienda que una campaña es un ejercicio de humildad y en tanto no acepte que para ser candidato debe ejercer un liderazgo activo que convoque y no un liderazgo pasivo que establezca condiciones, su retorno a la política amenaza con destruir su trayectoria con muchas más luces que sombras.
En su carta, Lagos se centra más en lo que otros deben hacer que en lo que él está dispuesto a hacer para liderar el cambio. Pone condiciones, no describe un plan de acción. Dice lo que se necesita, no entrega luces de cómo lograrlo ni explicita su intención de provocar esos cambios. Establece requisitos que los demás deben cumplir. Lagos equivocadamente cree que los chilenos le están pidiendo que vuelva. No entiende que un candidato debe salir a pedir el voto, primero de los simpatizantes de la Concertación en primarias abiertas y vinculantes, y después de una mayoría de los chilenos en la elección presidencial. El mandato es de la gente, no del candidato.
Adicionalmente, Lagos parece creer que puede exigir condiciones a la Concertación. Al sugerir que “no resulta comprensible que quien conduce la coalición de gobierno no tenga una palabra que decir sobre los candidatos de la coalición que sean elegidos en una elección simultanea”, después de oponerse a primarias abiertas, Lagos ahora también quiere convertirse en el gran elector que defina los candidatos al parlamento de la Concertación.
En la reciente elección municipal, los candidatos que el ex Presidente Lagos entró a “salvar”—como Álvaro García en Cerro Navia y Aldo Cornejo en Valparaíso—sufrieron sendas derrotas. Jaime Ravinet, que tuvo un notable previo desempeño como alcalde de Santiago, usó una estrategia similar a la que Lagos intenta hoy. Con slogans como “lo echábamos de menos” y “marca registrada”, Ravinet pavimentó el camino de su aplastante derrota al creer que la campaña era más sobre sí mismo que sobre los residentes de Santiago.
¡Qué duda cabe! Lagos fue un presidente con muchas más luces que sombras. Pero los chilenos buscan un líder que, además de responder a los desafíos del futuro, entienda que las condiciones para gobernar las establecen los electores, no aquellos que están postulando para ocupar el cargo. Mucho más que establecer condiciones, Lagos debe demostrar que es capaz de liderar con humildad y convicción el cambio que su coalición tan urgentemente necesita.
Enviado por patonavia
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